lunes, 17 de octubre de 2011

La odisea Apple en la Argentina

Las siguientes líneas no pretenden ensalzar los pergaminos, insoslayables, de un sabio altura crucero. Un gurú informático de fuste, vanguardista y revolucionario, que alcanzó cumbres en las que pocos resisten.

Pero las tintas de aquellas credenciales fueron ensordecedoras. Las proezas, vociferadas y ostentadas a los cuatro vientos, ya son vox populi.

El plano local de la discusión, la otra cara de la misma moneda, fue una ventana de análisis echada a un lado por los medios de comunicación, que en este sentido se llamaron a silencio.

Algunos podrán achacarle que sus productos, devenidos en obras artísticas, son onerosos. Sólo para cargados bolsillos de etiqueta. Tan cierto como que lo seguirán siendo, al igual que una relación costo-beneficio favorable. Lo que equivale a decir que la exclusiva puerta de entrada al universo Apple, ese precio estrella por pertenecer, es justo.

Histórica e ilustremente asociada con un nicho abocado al diseño, su inserción y despliegue comercial en la Argentina navegó entre más sombras que luces.

Llámese viveza criolla, políticas regionales o vaya a saber uno por qué razón, las tarifas de todo su arsenal tecnológico, infladas u excedidas de peso, obligan a romper el chanchito para adquirirlos. Mejor dicho, morderse la lengua y recurrir a la caja de seguridad. O, en última instancia, afinar el lápiz y hurgar en la feria de retazos sobre marcas alternativas.

La inmune competencia, al compás, se regocija frotándose las manos. Ante un posicionamiento un tanto endeble de la empresa, que además cierra filas de compatibilidad, pasa a jugar como en su propia casa.

Incluso la bajada de línea, por parte del Ejecutivo, tira para el lado opuesto: con el pretexto de reavivar a los fabricantes electrónicos, made in argentina, cientos de sus equipos envejecen en los despachos mientras un clamor top demanda saciarse.

Y por si con esto no alcanzara, el toque de gracia se lo reparten el contrabando y el efecto moderador de la aduana, las piedras en el zapato, que meten mano dibujando valores siderales sobre la manzanita. Son trabas o gestos de “debilidad” que la convierten en su talón de Aquiles.

La dura realidad acaba por transmitirse al último eslabón de la cadena: los exigentes consumidores. El termómetro del acotado mercado indica que los sobreprecios, a fondo, alcanzan valores de hasta el 60 % por encima de su costo original. Una apreciación que se traduce en un mes entero de sueldo.

De yapa y por causa de conocimiento, los usuarios son agasajados con un soporte técnico que duerme en los laureles y que, por gusto o antojo, demora semanas en poner los artefactos a punto.

Retomando la figura de su alma mater, podría vaticinarse que concebir un Esteban Trabajos, bien nuestro, es tan poco factible como ganar la lotería.

Mal que nos pese, en un país de oscilaciones permanentes, caracterizado por un cortoplacismo e incertidumbre asombrosas, ser erudito es sólo una virtud desestimada, aislada y hasta anecdótica, que debe ser necesariamente acompañada.

En caso contrario, sería el principio inconcluso de un prometedor capítulo, que va perdiendo peso específico durante el racconto.

Para comprender al maestro es necesario ponderar el hábitat en el que se desenvuelve. Allí donde la mera tierra se transforma en paraíso de oportunidades.

Un escenario socio-económico que lo reciba con los brazos abiertos y que siente las bases de una comunión. Un contexto amigable, que ponga las herramientas sobre la mesa, y le saque el jugo a su don.

Elevarlo a la potencia, y conformar así un bloque de concreto. Facilitar el armado del rompecabezas, acomodar las piezas y hacer del conjunto un todo articulado. Esencialmente, una atmósfera que lo escuche con la humildad de un aprendiz, allanándole el camino.

Otorgarle el empuje del aparato estatal, y que el genio visionario, ya sea un él o un ella, se dedique únicamente a pintar. La luz de los hechos, y su correlato, nos enseñan que nada es fruto del azar o de vibras espontáneas. Después, por televisión, terminamos aplaudiendo de pie a cerebros foráneos. O propios, que se nos escurrieron como un pez.

Fausto Herbstein

No hay comentarios:

Publicar un comentario